SIN ENMIENDA
Gallardón deshace el espejismo
@Juan Carlos Escudier - 02/06/2007
Después de su exhibición ante Sebastián -al que Zapatero resucitará dentro de un tiempo para demostrar el poder sanador de sus manos y lo bonita que es la amistad-, Gallardón se ha ofrecido a ayudar a Rajoy en las generales siendo su número dos por Madrid. La propuesta del alcalde, cuya yugular ha cobrado tal elasticidad que le permite hablar sin trastabillarse mientras medio partido se le cuelga de la vena como si fuera un columpio, ha sentado fatal a algunos dirigentes del PP, para quienes Gallardón debería limitarse a hacer de gárgola y abrir la boca sólo para evacuar el agua de la M-30 cuando llueve.
En realidad, el paso al frente de Gallardón tiene poco de maquiavélico, toda vez que sus intenciones y ambiciones son sobradamente conocidas, pero atribuye debilidad a Rajoy, que sigue viviendo el espejismo de su victoria numérica en las elecciones municipales y está feliz como unas castañuelas. Por eso, y porque los otros gallos del corral se han alborotado bastante, el líder del PP ha tenido que salir a calmar las ínfulas del regidor, al que ha comparado con un niño de siete años decidiendo qué quiere ser de mayor. El resultado es que el dirigente que ha hecho posible la victoria recibe una regañina por su incontinencia infantil.
Extemporánea o no, la iniciativa de Gallardón tiene bastante sentido común, sobre todo para el partido, que cometería una estupidez si no previera con la antelación suficiente una hipotética derrota en las generales y renunciara a dejar bien colocados a quienes pueden tener que asumir en el futuro las riendas de la organización que, como todo el mundo sabe, son enemigos y residentes en Madrid. Lo contrario sería pegarse un tiro en un pie, lo que siempre es bastante incómodo para recorrer grandes distancias.
A medida que pasan los días y se toma perspectiva, la euforia del 27-M se va disipando porque lo de Madrid y Valencia es estupendo, pero se ha perdido apoyo en Cataluña, se ha bajado en Galicia y hay una caída importante en Euskadi. En Andalucía se ha subido algo, sí, aunque menos que el PSOE. Extrapolando los datos y contando que sería difícil que Rajoy emulara a Aznar en el año 2000, cuando aventajó en 18 puntos a Almunia, que era el Sebastián de la época, los populares lo tienen entre crudo y poco hecho.
La presencia de Gallardón en las listas de Madrid –Esperanza Aguirre sólo puede ser senadora- no sólo no es nociva sino que es, además, altamente aconsejable, bien como tirón electoral, bien como clavo ardiendo. Únicamente pueden darse dos hipótesis. La primera es que Rajoy gane las elecciones, con lo que difícilmente el alcalde podría hacerle la cama; la segunda es que las pierda, lo que inexorablemente provocaría la dimisión del presidente del PP y el pase a segunda actividad de Acebes, Zaplana y el resto de la vieja guardia aznarista.
En este último caso, el partido se prepararía para elegir al sucesor sin que mediaran dedos mágicos como el de Aznar, todo un experto en democracia digital. En la Comunidad de Madrid se habla sin reparos de esa eventualidad, sobre todo para recordar que, dado que el Senado ha recuperado cierta vitalidad como cámara de debate gracias a la presencia habitual del presidente del Gobierno en sus sesiones de control, Esperanza Aguirre podría cumplir desde allí su tarea de oposición en el caso de resultar elegida. “Ya no hay dedos que valgan; sería el partido el que tendría que decidir entonces”, se asegura desde la Puerta del Sol.
Descartados Rato por déja vu y el propio Aznar, cuyo retorno sería tan divertido como improbable, el otro candidato posible sería Gallardón, mal que les pese a algunos de sus correligionarios. El alcalde tiene muchos activos propios y uno ajeno, que se guardó en la manga hace ya cuatro años a la vista de todos: si dejara el Ayuntamiento para ser el jefe de la oposición, cedería la alcaldía a Ana Botella y se ganaría la eterna gratitud del carismático líder de FAES.
Rajoy puede sentirse satisfecho. Las municipales le han dado un momento de gloria en el balcón de Génova y dos herederos creciditos, que no le desean mal alguno, claro, pero que se abalanzaran como hienas sobre su testamento. Cosas de familia.
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